Me Too | Yo También

Este tema no necesita presentación porque ni siquiera debería tenerla.

Cuando leí el tweet (en mi caso de Amanda Palmer), no dudé un instante en escribirlo. Lo que me costó fue enviarlo.

Y no exagero cuando digo que estuve más de un minuto mirando la pantalla, el cursor sobre el botón, escuchando el corazón retumbando en el pecho con fuerza. Me daba vergüenza. Y miedo. Y muchas otras cosas que nadie debería sentir al hablar de un hecho atroz que ocurrió en sus vidas. No fue culpa mía, ni de ellas, ni de ellos, ni de nadie que haya escrito estos días #MeToo en las redes sociales. Ni de los que no lo han hecho porque no se sientes capaces.

Lo peor es que todavía espero a que el imbécil de turno deje un comentario de esos que te hierve la sangre y te da ganas de esconderte debajo de las mantas, porque lamentablemente de esos todavía hay demasiados. Y aunque sólo quedase uno, también serían demasiados.

¿Qué cuesta entender respecto a esto? ¿Qué parte de las palabras respeto, decencia y dignidad siguen todavía omitidas en esta sociedad ‘avanzada’?

Miedo, vergüenza, ansiedad y pesadillas es lo que debería tener quien perpetra esos actos, o incluso el amago de ellos. No las víctimas.

Leí un tweet hace poco que decía ‘Sabemos que Watchmen es ficción porque cuando Espectro de Seda dice que el Comediante la violó, nadie la cuestiona.’

Qué mundo más triste.

Foto de Rene Böhmer

La Voz

La conoces.

Seguramente tan bien como yo. Ese susurro quedo, escondido entre inhalación y exhalación, que se resbala hacia tus adentros sin aviso previo. Una gota a cada tiempo; un suspiro ahogado que emponzoña de a poco, muy lentamente, todo lo demás.

Es la crítica egocéntrica de tu conciencia, de la tuya y de la mía. La que te machaca sin piedad ni perdón aunque sabes que está mal y deseas, de verdad y de corazón, pedir ayuda. Pero no te deja porque sin darte cuenta se ha colado dentro de ti como una sombra perdida en la noche.

Y ataca. Oh, sí. Ataca cuando más vulnerable te encuentras murmurando todas esas cosas que suelen sobrevolar sin demasiado peso tu cabeza. Pero ese día, ese día caen con la fuerza de un huracán y todas las cosas malas que normalmente eres capaz de mantener a raya relucen como una gema bajo el sol, y acudes impotente a su llamada entre temblores y lágrimas, sabiendo que va a ser un mal día.

Esa Voz que tú y yo tenemos y que a veces me hace preguntarme si será cierto que todos la escuchan o si soy yo, que vengo mal de fábrica y con un par de tuercas de menos. Esa voz de la que nadie habla y a la que todos escuchan, tan difícil de ignorar e imposible de dejar atrás. Un canto de sirena, dulce y melancólico que sabes que llegará un día más, llamando a tu puerta con promesas de las que hieren. ¿Y qué más se puede hacer?, me pregunto a veces.

Qué más se puede hacer…

Los hábitos son dragones a los que enfrentarse cada día

No hay nada sencillo en cambiar como eres. Incluso cuando sabes que hay algo que debes cambiar.

La decisión no es fácil. El cambio no es fácil. Seguir con ello no es fácil. Levantarte cuando te caes no es fácil. Encontrar algo con lo que sustituirlo no es fácil. Es un proceso de creación de hábitos en esencia, y nada de lo que envuelve este proceso es llevadero o se vuelve automático.

Dicen que un hábito se establece a los 21 días -o a los 60, o a los 90. Todo depende de dónde leas-, pero lo cierto es que cada mañana, cuando me levanto y me pongo a trabajar, me asaltan mis demonios. Y antes de trabajar era estudiar, y antes de estudiar ya no me acuerdo. Y ahora es escribir.

Pero cada mañana, siempre, sin falta y puntuales, están ahí.

Un hábito no se vuelve más fácil o inherente o rutinario. Las dudas, el miedo y las preguntas molestas siempre acuden el segundo antes de iniciar. Sin embargo, con cada victoria refuerzas a esa amazona brava que lucha cada día frente a tus bestias para concederte una victoria más. Una pequeña pero gloriosa victoria.

Eso es en lo que nos volvemos mejores, en enfrentar nuestros propios dragones. Y aun así, es una empresa que jamás termina porque los hábitos, el cambio, las tareas que tienes que hacer nunca tienen fin. No hay una fecha límite -al menos no una que conozcamos-.

Son una lucha constante y cada día es una nueva batalla.

Sal ahí fuera y lucha.

 

La sensualidad del café

He dejado el café y me duele.

De forma metafórica, claro. No es como si no pudiera sobrevivir sin esa dosis de cafeína en el cuerpo de forma diaria. Sin embargo, resulta una empresa complicada de llevar a cabo cuando no dejan de deslizarse ligeras insinuaciones aquí y allá en todo momento.

Leo un libro y hablan del café. Veo un vídeo y están tomando café. Salgo a la calle y caminan con el vaso humeante entre las manos. ¡Anda! ¡Mira! Mi marido ha hecho café para desayunar.

Sutilezas, ya sabes.

El amor café está en el aire. All around you and I.

Y es que como eso de fumar hará ya varias décadas, el café desprende una sensualidad inherente difícil de ignorar. Sobre todo si eres artista. Sentarte con tu taza de café por la mañana, junto a la ventana, y comenzar a teclear sobre tu vieja máquina de escribir. ¡Ojalá!

Ojalá tuviera una máquina de escribir de las antiguas y una taza de café caliente con leche y un poquito de azúcar para desprenderme de la somnolencia y los problemas primermundistas. Pero decidí que no, que un estilo de vida más sano y equilibrado valía más que el ácido sabor adulterado de unos granos de café molidos y hervidos. Así que bebo agua y como verde. Y también hago yoga en los ratos libre y me siento todos los días de forma rigurosa a escribir.

Son los actos sencillos y rutinarios los que construyen los hábitos que nos llevan más lejos.

Pero joder cómo duele haber dejado el café. Maldito sensual café.

 

Alba Lnz