Mi reto para ti… Un gesto amable

Haz algo bueno por alguien. Puede ser algo sencillo, mundano. Una sonrisa o un abrazo o unas palabras amables.

¿Qué te cuesta? ¿Y cuánto estás aportando a alguien?

Hoy me he encontrado esto entre el grupo de alumnos y me ha hecho inmensamente feliz. Un mero reconocimiento al cuidado y labor que le dedico semana sí y semana también.

Y hay días que no me apetece nada y que me quedaría en la cama. Y también días en los que no hago nada y me quedo en la cama. Porque todos podemos tener un mal día y todos podemos hacer que el día de alguien sea una pizquita mejor.

¿Y qué te cuesta? Nada.

Recuerdo aquel payaso, en la esquina de una cuesta, que regalaba flores de papel y sonrisas. Y a veces hasta churros. Algunos conductores le ignoraban, igual que ignoramos a muchos otros desamparados que nos cruzamos por el camino. Pero a ese le sonreí y me sonrió de vuelta con su nariz roja, e hizo que mi día fuese infinitamente mejor.

¿Qué cuesta, digo yo, ser amable?

Foto por A. L.

Me Too | Yo También

Este tema no necesita presentación porque ni siquiera debería tenerla.

Cuando leí el tweet (en mi caso de Amanda Palmer), no dudé un instante en escribirlo. Lo que me costó fue enviarlo.

Y no exagero cuando digo que estuve más de un minuto mirando la pantalla, el cursor sobre el botón, escuchando el corazón retumbando en el pecho con fuerza. Me daba vergüenza. Y miedo. Y muchas otras cosas que nadie debería sentir al hablar de un hecho atroz que ocurrió en sus vidas. No fue culpa mía, ni de ellas, ni de ellos, ni de nadie que haya escrito estos días #MeToo en las redes sociales. Ni de los que no lo han hecho porque no se sientes capaces.

Lo peor es que todavía espero a que el imbécil de turno deje un comentario de esos que te hierve la sangre y te da ganas de esconderte debajo de las mantas, porque lamentablemente de esos todavía hay demasiados. Y aunque sólo quedase uno, también serían demasiados.

¿Qué cuesta entender respecto a esto? ¿Qué parte de las palabras respeto, decencia y dignidad siguen todavía omitidas en esta sociedad ‘avanzada’?

Miedo, vergüenza, ansiedad y pesadillas es lo que debería tener quien perpetra esos actos, o incluso el amago de ellos. No las víctimas.

Leí un tweet hace poco que decía ‘Sabemos que Watchmen es ficción porque cuando Espectro de Seda dice que el Comediante la violó, nadie la cuestiona.’

Qué mundo más triste.

Foto de Rene Böhmer

Where focus goes energy flows

Sencillo.

Aquello a lo que prestas atención es donde va tu energía, tus esfuerzos y tu tiempo.

Un libro. Una pantalla. Una charla. | Un problema. Una discusión. Un descuido. | Un qué dirán, qué pensarán, qué querrán. | El y si y el tal vez. | Un no puedo. Un no quiero. Un sí quiero pero no puedo. | La alerta que salta en el móvil. Los sonidos de la ventana.

Y tú, ¿a qué le prestas atención? ¿Hacia dónde se escurren tus pensamientos cuando no te das cuenta?

Esta también es una disciplina de esas que deberíamos entrenar más a menudo.

 

Alba Lnz

Ni me entero ni me quiero enterar

De vez en cuando pesco tweets aleatorios o comentarios por Facebook y me quedo anonadada por lo poco que me entero de las cosas. Como lo de Cataluña, que me llegó casi de rebote hace una semana y poco (y porque me dio por preguntar y leer al respecto).

Desde que me fui a los Estados no me entero ni me quiero enterar, la verdad.

Me he vuelto minimalista en noticias, término con el que me sentí identificada gracias al señor Bosco Soler. ¿Y sabes qué? El mundo no se acaba.

Tampoco es como si viviese recluida en un páramo perdido del desierto; si tienes internet es imposible escapar a los memes de Trump, sin mencionar que las malas noticias -las de verdad- siempre se hacen sonar en todos los lados. Pero todo el rifirrafe político, las cabeceras sensacionalista, los titulares absurdos, eso de qué mal va el mundo, bueno, se quedan donde están y la vida sigue.

No hace falta que recalque que vivimos saturados. Lo bueno es MUY bueno y lo malo es MUY malo, y entre pop-ups, compartir en Facebook, adds en YouTube y el periódico que me dejan en la puerta de la habitación todos los días, uno tiene que hacer un esfuerzo magnánimo por taparse los oídos. Que no es que el mundo en el que vivo me importe poco, pero cansa. Cansa mucho ver las mismas discusiones, los mismos titulares, las mismas noticias que te hacen mirar el plato de la cena deseando llevar un tapa ojos como los caballos.

El mundo no se acaba porque desconectes un rato e ignores lo que tu feed de Facebook tiene que decir. Claro que hace falta un buen riego de fuerza de voluntad, pero la práctica hace al maestro. Y no es como si no hubiese herramientas miles a tu disposición para filtrar aquello que te interesa de lo que no.

Ahora mismo sólo recibo tres newsletters, las cuales me aportan ese trocito de inspiración y buen humor semanal, y de vez en cuando cotilleo alguna noticia que pillo al vuelo aquí o allá. Poco más, la verdad. Prefiero invertir el tiempo leyendo otras cosas o viendo cosas chulas como este canal de YouTube (Smarter Everyday), donde aprendí por qué los perretes ladean la cabeza y son tan monos. It’s worth the shot.

Así que, lo dicho: no me entero ni me quiero enterar y el mundo sigue en su sitio. El día que no ya me llegará la noticia ;)

Alba Lnz

La Voz

La conoces.

Seguramente tan bien como yo. Ese susurro quedo, escondido entre inhalación y exhalación, que se resbala hacia tus adentros sin aviso previo. Una gota a cada tiempo; un suspiro ahogado que emponzoña de a poco, muy lentamente, todo lo demás.

Es la crítica egocéntrica de tu conciencia, de la tuya y de la mía. La que te machaca sin piedad ni perdón aunque sabes que está mal y deseas, de verdad y de corazón, pedir ayuda. Pero no te deja porque sin darte cuenta se ha colado dentro de ti como una sombra perdida en la noche.

Y ataca. Oh, sí. Ataca cuando más vulnerable te encuentras murmurando todas esas cosas que suelen sobrevolar sin demasiado peso tu cabeza. Pero ese día, ese día caen con la fuerza de un huracán y todas las cosas malas que normalmente eres capaz de mantener a raya relucen como una gema bajo el sol, y acudes impotente a su llamada entre temblores y lágrimas, sabiendo que va a ser un mal día.

Esa Voz que tú y yo tenemos y que a veces me hace preguntarme si será cierto que todos la escuchan o si soy yo, que vengo mal de fábrica y con un par de tuercas de menos. Esa voz de la que nadie habla y a la que todos escuchan, tan difícil de ignorar e imposible de dejar atrás. Un canto de sirena, dulce y melancólico que sabes que llegará un día más, llamando a tu puerta con promesas de las que hieren. ¿Y qué más se puede hacer?, me pregunto a veces.

Qué más se puede hacer…

Los hábitos son dragones a los que enfrentarse cada día

No hay nada sencillo en cambiar como eres. Incluso cuando sabes que hay algo que debes cambiar.

La decisión no es fácil. El cambio no es fácil. Seguir con ello no es fácil. Levantarte cuando te caes no es fácil. Encontrar algo con lo que sustituirlo no es fácil. Es un proceso de creación de hábitos en esencia, y nada de lo que envuelve este proceso es llevadero o se vuelve automático.

Dicen que un hábito se establece a los 21 días -o a los 60, o a los 90. Todo depende de dónde leas-, pero lo cierto es que cada mañana, cuando me levanto y me pongo a trabajar, me asaltan mis demonios. Y antes de trabajar era estudiar, y antes de estudiar ya no me acuerdo. Y ahora es escribir.

Pero cada mañana, siempre, sin falta y puntuales, están ahí.

Un hábito no se vuelve más fácil o inherente o rutinario. Las dudas, el miedo y las preguntas molestas siempre acuden el segundo antes de iniciar. Sin embargo, con cada victoria refuerzas a esa amazona brava que lucha cada día frente a tus bestias para concederte una victoria más. Una pequeña pero gloriosa victoria.

Eso es en lo que nos volvemos mejores, en enfrentar nuestros propios dragones. Y aun así, es una empresa que jamás termina porque los hábitos, el cambio, las tareas que tienes que hacer nunca tienen fin. No hay una fecha límite -al menos no una que conozcamos-.

Son una lucha constante y cada día es una nueva batalla.

Sal ahí fuera y lucha.

 

La sensualidad del café

He dejado el café y me duele.

De forma metafórica, claro. No es como si no pudiera sobrevivir sin esa dosis de cafeína en el cuerpo de forma diaria. Sin embargo, resulta una empresa complicada de llevar a cabo cuando no dejan de deslizarse ligeras insinuaciones aquí y allá en todo momento.

Leo un libro y hablan del café. Veo un vídeo y están tomando café. Salgo a la calle y caminan con el vaso humeante entre las manos. ¡Anda! ¡Mira! Mi marido ha hecho café para desayunar.

Sutilezas, ya sabes.

El amor café está en el aire. All around you and I.

Y es que como eso de fumar hará ya varias décadas, el café desprende una sensualidad inherente difícil de ignorar. Sobre todo si eres artista. Sentarte con tu taza de café por la mañana, junto a la ventana, y comenzar a teclear sobre tu vieja máquina de escribir. ¡Ojalá!

Ojalá tuviera una máquina de escribir de las antiguas y una taza de café caliente con leche y un poquito de azúcar para desprenderme de la somnolencia y los problemas primermundistas. Pero decidí que no, que un estilo de vida más sano y equilibrado valía más que el ácido sabor adulterado de unos granos de café molidos y hervidos. Así que bebo agua y como verde. Y también hago yoga en los ratos libre y me siento todos los días de forma rigurosa a escribir.

Son los actos sencillos y rutinarios los que construyen los hábitos que nos llevan más lejos.

Pero joder cómo duele haber dejado el café. Maldito sensual café.

 

Alba Lnz